Sin tierra, sin clima
Comida que alimenta y que tiene rostro, memoria y territorio: historias de quienes sostienen a Brasil
La COP30 expuso las contradicciones entre el “agro pop” y la agricultura familiar; mientras el agronegocio domina la narrativa y los escenarios oficiales, quienes realmente alimentan a Brasil resisten bajo violencia, falta de políticas públicas e invisibilidad — pero siguen demostrando, en la práctica, que otro modelo es posible.
Steffanie Schmidt
Desde los Varadouros de Belém (PA)
Durante décadas, el agronegocio logró monopolizar la narrativa de que es quien alimenta a Brasil y sostiene la economía nacional. Este protagonismo fue reforzado incluso dentro de la COP30, donde Embrapa y el gobierno federal montaron un espacio exclusivo —la AgriZone— para presentar al mundo las “soluciones sostenibles de la agricultura tropical”. Escenarios, paneles, campañas de comunicación, tecnologías de bajo carbono, integración agricultura-ganadería: todo cuidadosamente empaquetado para mostrar que el agro brasileño es moderno, verde y esencial.
Pero fuera de esos espacios más pulidos, otra historia se impuso. Y, a diferencia del marketing del agronegocio, esta historia fue contada por quienes realmente llevan la comida a la mesa del pueblo: agricultores familiares, extractivistas, “quebradeiras” de coco, pueblos de la floresta, cocinas colectivas, asentamientos rurales, agricultores del Cerrado y de la Amazonía.
En la COP30, todas y todos ellos no solo marcaron presencia: alimentaron a la gente. Desde la alimentación de la Cumbre de los Pueblos hasta el Restaurante de la Sociobiodiversidad, pasando por el Banquetazo, quedó en evidencia un hecho que Brasil insiste en ignorar: el papel central de la gente que trabaja, planta y cosecha bajo presión, conflictos y ausencia de políticas públicas estructurantes.
A partir de estos espacios de alimentación, surgieron historias que rara vez llegan a los reflectores. Encontramos varias de esas historias y listamos algunas a continuación:
Marly Viana Barroso y Antônia Ferreira dos Santos, ambas de cerca de 70 años, fueron asesinadas y violentadas mientras salían a trabajar en el municipio de Novo Repartimento, en la región sudeste de Pará. Eran extractivistas familiares, una actividad legal, reconocida por la Ley nº 11.326/2006, que define la Política Nacional de la Agricultura Familiar, basada en la recolección y procesamiento de frutos, desarrollada en comunidades tradicionales. Esta es la realidad que enfrentan quienes producen los alimentos que llegan a la mesa de los brasileños.
“La recolección está permitida por ley, incluso en tierras privadas, pero muchas veces los propietarios rurales prohíben el acceso, ignorando ese derecho. La forma en que fueron asesinadas dice mucho sobre la situación que viven quienes protegen el bosque y defienden el clima”, afirmó Socorro Almeida, militante del movimiento Slow Food, responsable de recordar los nombres de las trabajadoras durante la COP30.
Novo Repartimento es conocido por conflictos agrarios y una intensa presencia del agronegocio y de la minería. “Es el escenario de un bandolerismo moderno. No podemos mantener la invisibilidad de las trabajadoras tradicionales, ni siquiera en espacios que discuten justicia climática y derechos socioambientales”, afirmó.
Con 30 años de militancia por la agricultura familiar, Raimundo Rodrigues Xavier, de 64 años, continúa defendiendo la producción de comida y de la floresta en pie, incluso sin incentivos ni políticas públicas. En la Marcha Global por el Clima en Belém, se unió a tantas otras voces que claman por justicia: ambiental, climática, de reparación y, sobre todo, de reconocimiento.
“Somos parte de la agricultura familiar y también queremos inversión para que nuestros agricultores puedan preservar la floresta y vivir — vivir en la selva, que es importante para el mundo entero”, afirmó.
Presidente del Sindicato de Trabajadores Rurales de Medicilândia, en Pará, Rodrigues Xavier representa un núcleo de resistencia en la región de la Transamazónica: el municipio es conocido como la “capital nacional del cacao” y el mayor productor de Brasil, con cerca de 50 mil toneladas de almendras por cosecha, responsable del sustento de más del 90% de la población. La producción es mayoritariamente sostenible.
Representa también a más de 10,1 millones de trabajadores de la agricultura familiar que, aun frente a la falta de incentivo, reconocimiento y políticas públicas, producen y alimentan buena parte de los hogares brasileños.
Aunque integre la mayor parte de los establecimientos agropecuarios del país (77%), la agricultura familiar recibe la menor porción de crédito, asistencia técnica y atención pública. Produce más del 64% de los alimentos, en apenas el 23% de las tierras cultivables del país. Y aún sin toda la estructura destinada al agronegocio, responde por el 10% del PIB nacional y es la base de vida de más de 10 millones de personas en el campo.
Fuente: https://ojoioeotrigo.com.br/2023/06/saiba-de-onde-vem-sua-comida/
Tras 30 años de actuación en el movimiento, don Raimundo Xavier afirma que nunca pensó en desistir: “La lucha por quienes defienden el bien, la Amazonía y el derecho a vivir bien en Brasil es lo que nos mueve”, responde con una sonrisa y un abrazo al final de la Marcha Global por el Clima.
Esta realidad también se materializa en las ciudades. “Si Dios dio la tierra, ¿por qué no plantar?”. Alzira Silva, fundadora de Hermanas de la Huerta, transformó la desesperación y el hambre en una red de transformación de mujeres a través de huertas comunitarias, en el entorno de la gran Belém (PA). Y los frutos de lo que produjo, se aseguró de compartirlos durante el Banquetazo, acto público en favor de la soberanía alimentaria mediante la agricultura familiar.
Silva y otras entidades como el MST, Asociaciones de Trabajadoras Rurales, Movimiento Slow Food, Greenpeace Brasil y Gastromotiva sirvieron “comida de verdad”, producida sin agrotóxicos, en áreas de agroforestería, comunitarias y periurbanas. En el menú que marcó el cierre de la Cumbre de los Pueblos, se sirvió cordero, cabrito, pirarucú, camarón y una variedad de especias y vegetales, en plena Plaza de la República, frente al Teatro de la Paz, en Belén.
Creado hace cinco años, el proyecto comenzó cuando Zira y sus hijos, enfrentando el hambre y 11 años de depresión, decidieron plantar en casa. Con pocos recursos, trabajaron como peones para reunir dinero y montar una huerta urbana — una iniciativa costosa para quien no tenía empleo fijo.
La primera huerta dio resultado y trajo transformación: “Vi que pude, como madre soltera, tener una vida digna, dar mejores condiciones a mis hijos”, cuenta Zira. El éxito inspiró a otras mujeres en situaciones similares. Hoy, Hermanas de la Huerta cuenta con sedes en Outeiro, Acará (interior de Pará) y en el barrio de Condor, en Belén, articulando familias que encontraron en la agricultura urbana una alternativa de ingresos, salud y dignidad.
“Hay cosas que nos hacen sentir vergüenza. Por ejemplo, si eres pobre y empiezas a cambiar de vida, parece que alguien quiere silenciarte”, desahoga.
Aún hoy, quienes defendemos una producción limpia y justa carecemos de inversión. “No podemos ni queremos derrubar la floresta, pero para preservar es necesario sobrevivir. La floresta vive con nosotros allí adentro”, afirma don Raimundo Xavier.
La agricultura familiar produce más del 60% de los alimentos que llegan a la mesa de los brasileños — como mandioca, leche, hortalizas y gran parte del arroz, maíz, café y aves — pero sigue siendo invisible, con poco apoyo y es frecuentemente atacada.
El volumen total de recursos destinados por el BNDES al Plan Safra 2024/2025 fue de R$ 66,5 mil millones, el mayor ya operado por el banco. De ese monto, R$ 14,8 mil millones fueron específicamente destinados al Programa Nacional de Fortalecimiento de la Agricultura Familiar (Pronaf).
Incluso en la ganadería, responde por el 30% del rebaño nacional, que alimenta las mesas del país, ya que el 98% de las exportaciones de carne bovina están concentradas en apenas 45 grandes empresas.
Fuente: https://ojoioeotrigo.com.br/2023/06/saiba-de-onde-vem-sua-comida/
Narrativa secuestrada
Si la AgriZone era el escaparate diplomático de la imagen oficial de Brasil, el Restaurante de la Sociobiodiversidad, en la Blue Zone, era la prueba viva de que es posible alimentar multitudes con comida limpia, justa y hecha por pequeños productores.
Coordinado por la Central del Cerrado en alianza con la Red Bragantina, el restaurante sirvió productos de la agricultura familiar y de comunidades tradicionales, con al menos el 80% de ingredientes agroecológicos. El éxito fue tan grande que se tuvo que reservar horarios específicos solo para atender a quienes trabajaban dentro de los pabellones de la COP. La operación sirvió más de 100 toneladas de proteína de la agricultura familiar brasileña, demostrando que la escala no es exclusividad del agronegocio.
Pero no se trataba solo de logística: era política pura — articulación entre agentes de la sociobiodiversidad que sirvieron alimento como ejemplo de política climática.
Fuente: https://www.instagram.com/reel/DRAtZjiCaxG/
Banquetazo: la comida como denuncia y como futuro
En la Cumbre de los Pueblos, el Banquetazo se convirtió en el gran símbolo de la soberanía alimentaria. Cocinas colectivas y productos de la tierra alimentaron a cientos de personas con ingredientes provenientes de más de 40 emprendimientos rurales de Pará, mapeados por el Instituto Regenera. Todo sin agrotóxicos, con precio justo y cadena transparente.
Divina Lopes, miembro de la coordinación nacional del MST, resumió: “Puede parecer fácil que esta comida llegue aquí, pero para que llegue se necesita algo previo: tierra, gente y pueblos organizados”. En el 90% de los municipios brasileños con hasta 20 mil habitantes, la agricultura familiar es la base de la economía local, según datos de la Contag y del Censo Agropecuario 2017.
Ese es el punto central: la agricultura familiar produce, alimenta y abastece — pero lo hace en condiciones desiguales, bajo riesgo constante y sin acceso justo a la tierra, crédito y asistencia técnica.
“El clima tiene dueño”
La concentración de tierras es un problema histórico y agrava las emisiones de CO₂ al promover prácticas agrícolas a gran escala, como la monocultura y la ganadería extensiva. La agropecuaria, incluido el desmonte, responde por dos tercios de las emisiones de Brasil, según el SEEG.
Fuente: https://www.oc.eco.br/emissoes-do-brasil-tem-a-maior-queda-em-16-anos/
Para el MST, la crisis climática es resultado directo del modelo capitalista de producción, que prioriza el lucro por encima de la vida y la sostenibilidad de los territorios. Para Divina Lopes, enfrentar la emergencia ambiental exige repensar la forma de producir alimentos y relacionarse con los biomas brasileños.
Según ella, el avance del agronegocio, la deforestación y la expansión de la frontera agrícola han afectado especialmente a la Amazonía y al Cerrado. “La lógica dominante trata a los territorios como espacios sin vida y sin gente, destinados únicamente a ampliar el lucro de unos pocos”.
En oposición a este modelo, el movimiento defiende la reforma agraria popular como salida concreta: acceso a la tierra, incentivos públicos, tecnologías apropiadas y políticas que permitan a las comunidades producir alimentos saludables, sin degradación ambiental. La agroecología, según ella, ya está presente en experiencias del MST y de movimientos aliados en Brasil y en el exterior.
Divina destaca que hoy cerca de 100 mil familias ligadas al MST esperan acceso a la tierra. “Brasil tiene tierras suficientes para asentar a todas estas familias, especialmente áreas involucradas en crímenes ambientales, trabajo análogo a la esclavitud o irregularidades fundiarias”.
Aunque reconoce avances en el diálogo con el gobierno federal, afirma que las políticas públicas para la agricultura familiar y la reforma agraria aún no tienen la fuerza ni la prioridad necesarias. “Es una disputa dentro del propio gobierno, porque la tierra se ha convertido en un activo financiero estratégico disputado por el capital nacional e internacional”.
Divina recuerda que la lucha por tierra y territorio no es solo del MST: pueblos indígenas, comunidades quilombolas, organizaciones urbanas y colectivos que defienden el agua, los minerales y la soberanía alimentaria comparten luchas comunes. La Cumbre de los Pueblos, durante la COP30, es un ejemplo de esa articulación.
Sobre los mecanismos como los mercados de créditos de carbono, la dirigente es crítica: el modelo actual “financiariza la naturaleza” y mantiene el lucro en manos de grandes empresa. Sin embargo, ella defiende que comunidades que preservan la floresta necesitan inversión, incentivos y tecnología para continuar protegiendo a sus territorios.
Lopes concluye que superar la crisis climática no es solo una tarea técnica, sino política: “Es necesario ganar corazones y mentes y mostrar que otro modelo de producción y de país es posible. Tenemos condiciones de garantizar soberanía alimentaria con diversidad, respeto a los biomas y justicia social. Pero eso exige prioridad, organización y lucha”.
Este reportaje fue producido por O Varadouro, a través de la Cobertura Colaborativa Socioambiental de la COP30. Lea el reportaje original: https://ovaradouro.com.br/comida-que-alimenta-e-que-tem-rosto-memoria-e-territorio-historias-de-quem-sustenta-o-brasil/















